viernes, 28 de octubre de 2011

¿No os ha pasado alguna vez eso de tener un día tremendamente difícil de llevar? Pues bien, hace poco yo tuve uno de esos días. Uno de esos días en los que en cuanto te levantas sabes que todo te va a salir mal aunque no lo quieras e intentes hacer todo lo posible por cambiar ese hecho.  
Bien, pues es en uno de esos días en lo que nada cobra sentido, en los que todo se te cae encima y no encuentras la manera de salir de entre los escombros,  en los que te sientes totalmente perdida, en los que necesitas un empujón para salir adelante, en los que sabes que no puedes ser fiel a ti misma. Es entonces cuando debes resurgir de tus propias cenizas cual ave fénix, y apoyarte en tus principios e ideales más básicos.

Cuando estás en uno de esos días malos, es cuando te das cuenta de si a pesar de todo, de si a pesar de haberte levantado con el pie izquierdo, sigues siendo tú. Una buena o mala amiga. Una buena o mala hija. Una buena o mala novia. Un buen o mal estudiante. En definitiva, una buena o mala persona.
De hecho es imposible aprender a ser todo eso, no se aprende a ser bueno o malo. Se es. O lo eres o no, simplemente.
Tampoco es todo blanco o negro. De hecho no existen buenas o malas personas. Existen personas mediobuenas, o personas mediomalas. O incluso, personas con días buenos y personas con días malos. Es precisamente en uno de esos días malos en lo que de verdad importa la actitud de una persona.  Lo cierto es que yo he visto comportamientos de todo tipo. Personas luchadoras y valientes, y personas que prefieren esconderse hasta que pare la tormenta. Personas de todo tipo.


Pero como estar rodeado de los que te quieren y apoyan en uno de esos días malos no hay nada. Nada como un buen abrazo, o un buen beso. Nada como sentirse querido. Nada como sentir esa palmadita sobre tu espalda. Esa palmadita que te indica que por encima de todo, TODO IRÁ BIEN. 



Fotos: HDominguez

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